Hay que recordar lo que fuimos para saber lo que somos

Por desgracia la Historia de nuestro país poco importa a los políticos de turno. Si permitimos esto, terminaremos sin saber qué fue España y dejaremos que el devenir de los sucesos actuales borre nuestra memoria.

viernes, 20 de mayo de 2011

Valentín de Foronda



De familia noble y acaudalada, era hijo de Luis Antonio de Foronda, caballero de la Orden de Santiago que había hecho fortuna en una juvenil emigración al Perú y consiguió el empleo de tesorero general de la Santa Cruzada en el obispado de La Paz. Su madre, Catalina de Echavarri, provenía de otra familia prestigiosa, pues era hija de un secretario del Consejo del rey y regidor perpetuo de Vitoria. La familia tenía propiedades importantes e intereses comerciales en la Compañía de Caracas. En 1777 Valentín fue nombrado juez de policía de Vitoria e intervino activamente en la creación de un Hospicio que aportase mano de obra barata para la fabricación de paño y regenerase al mismo tiempo a las víctimas de la pobreza. Participa en la creación del Banco de San Carlos con su amigo Francisco Cabarrús, el principal impulsor del proyecto, y también de la Compañía de Filipinas. Es miembro de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, pero se siente incómodo en ella y la abandona, aunque frecuenta a sus miembros y mantiene estrecho contacto con ella. En 1782 se traslada a una casa de Vergara. Viaja a Italia, Flandes, Gran Bretaña y Alemania y entabla amistad con los profesores extranjeros del Seminario Patriótico, con lo que accede a bibliografía extranjera difícil de hallar en España. Su afición al estudio le transforma en un polígrafo interesado por numerosos temas. Publica habitualmente en la prensa periódica (Diario de Madrid, Diario de Zaragoza, Semanario de Salamanca etc.). Publica obras de guímica, lógica (traduce y adapta en diálogo la Lógica de Condillac en 1794, a fin de educar en ella a su hijo, según hace constar en el prólogo de la obra), economía y política. Fue elegido miembro de las sociedades económicas de Zaragoza y Valladolid, de la de Ciencias Naturales de Barcelona, de la Academia Real de Ciencias y Artes de Burdeos y posteriormente de nada menos que la American Philosophical Society de Philadelphia, fundada por Benjamín Franklin.

Con anterioridad a 1789, el contenido político y económico de las propuestas de Foronda es relativamente moderado, pero, después de esa fecha, evoluciona hacia el más puro liberalismo. Hasta 1789 se van reflejando en su obra las ideas de Montesquieu, Coyer y el humanismo de Filangieri, Hume y Brissot de Warville. Pero en 1788 y 1879 empieza a publicar una serie de cartas en el Espíritu de los mejores diarios en la que da el gran salto hacia la aceptación plena y radical de los principios económicos liberales. Estas cartas fueron reeditadas en Madrid (primer tomo, 1789; segundo, 1794; después reimpresos en 1799) y Pamplona (1821) bajo el título Cartas sobre los asuntos más exquisitos de la economía política. Es una gran crítica al intervencionismo estatal y refleja con hondura las preocupaciones de las clases burguesas españolas de un modo que es imposible encontrar en escritos anteriores. Allí afirma: "Los derechos de propiedad, libertad y seguridad son los tres manantiales de la felicidad de los estados". En dichas cartas cita las obras de Davenant, John Locke, Adam Smith, Accarias de Serionne, Nicolás Donato, Forbonnais, Graslin, Herbert, Necker, Plumard de Dangeul, la Encyclopédie Méthodique, etc.). En realidad, su pensamiento está formado en la escuela fisiocrática de François Quesnay y el iusnaturalismo, a través de las relaciones que tuvo con Burdeos y con Guillaume Grivel, abogado y fisiócrata tardío afincado allí, pero se separa de dicha doctrina en puntos muy importantes. Rechaza la descripción del orden social físico de esta escuela y se niega a aceptar algunos de los principios analíticos de la misma (impuesto único sobre la tierra y el gran cultivo, por ejemplo) y las políticas derivadas de los mismos. Por otra parte, interpreta el principio de seguridad según las ideas de Holbach y de Grivel. Por eso critica el despotismo y defiende los derechos políticos del ciudadano y la primacía de la soberanía popular sobre la real.

Se ganó rápidamente enemigos por sus ideas; fue multado y obligado a abandonar Vergara por practicar con su hijo Fausto la inoculación de la viruela, y fue denunciado a la Inquisición por leer libros prohibidos; además el inguisidor Juan Francisco Torrano le acusó de connivencia con los franceses durante la Guerra de la Convención y la ocupación de Guipúzcoa. La represión auspiciada por Floridablanca le hizo, pues, callar en cuestiones político-económicas entre 1789 y 1797, más o menos. En 1781 publica sus Cartas sobre la policía. Consiguió el cargo de Cónsul general en Filadelfia en 1801. En 1807 asume además el puesto de Encargado de asuntos económicos del reino de España en Estados Unidos por el regreso del embajador. En Filadelfia publica unas interesantes Observaciones sobre algunos puntos de la obra de Don Quijote, 1807, aunque le pone pie de imprenta en Londres y lo firma T. E. (sus segundos nombre y apellido, Tadeo Echavarri), temeroso de la crítica cervantófoba que vuelca en esta obra; las cartas habían empezado a redactarse en 1793 en Vergara y reprochan a la obra no ser todo lo edificante ni decorosa que es recomendable, así como ciertas flojedades e incorrecciones de estilo, en lo que el mismo autor reconocía no conocer suficientemente la lengua de la época; parte de esas acusaciones fueron después rebatidas por Diego Clemencín. Harto de la camarilla de Casa-Irujo y las dificultades que le ponen para poder solucionar los problemas que provoca el comercio español con los Estados Unidos, solicita su retorno a España y lo obtiene en 1809. En otro panfleto anónimo defiende la necesidad de abandonar las colonias españolas. (Carta sobre lo que debe hacer un príncipe que tenga colonias a gran distancia, Filadelfia, 1803). También publicó allí Cartas presentadas a la Sociedad Filosófica de Philadelphia, 1807). Tras la invasión francesa y unos momentos de indecisión, en los que se le llegó a acusar de jacobino, en vísperas de su llegada a Cádiz publica en Filadelfia unos Apuntes ligeros sobre la Nueva Constitución proyectada por la Majestad de la Junta Suprema de España y reformas que intenta hacer en las leyes, que merecieron los elogios de Jefferson. En tal escrito defiende un gobierno constitucional con separación de poderes, la soberanía del pueblo y las libertades individuales frente al despotismo. Entre 1809 y 1811 publica diversos panfletos sobre temas constitucionales (Cartas sobre varias materias políticas, Santiago, 1811, Ligeras observaciones sobre el proyecto de Nueva Constitución, La Coruña, 1811 etc.). En estos escritos denuncia una constitución que no especifica claramente los derechos individuales, otorga excesivos poderes al rey y no separa los espacios político y religioso.

En La Coruña pasó más de cuatro años y allí se ganó con sus escritos críticos contra el Antiguo Régimen la enemiga de la iglesia gallega (que llegó a acusarle desde los púlpitos) y de los absolutistas (el alcalde coruñés y otros sectores conservadores). Sus ideas se vertían en El Patriota Constitucional, El Ciudadano por la Constitución y la Gaceta Marcial y Política. En dichos periódicos combate la tortura, la Inquisición, los abusos del clero gallego, la falta de garantías procesales en los pleitos, etc. Escribió además unas Cartas sobre la obra de Rousseau titulada Contrato social, La Coruña, 1814. Muchos folletos se publicaron entonces contra él. La reacción de los Persas le escogió como una de sus mejores dianas y fue apresado en un viaje que hizo a Madrid. Conducido a La Coruña, es condenado a diez años de confinamiento en Pamplona; allí, en el entorno de los Vidarte, transcurren sus últimos años sin que cejaran sus empeños de transformar la sociedad española, colaborando en las Cortes de Navarra habidas en 1817 y 1818 a través de los Vidarte, de forma que los principios liberales pudieron incluirse en dichas Cortes. Al ser rehabilitado políticamente en el Trienio liberal, intentó infructuosamente conseguir el Consulado general de Francia, y logró en cambio que las cortes reconocieran públicamente su labor y el puesto de Ministro del Tribunal especial de Guerra y Marina. Reeditó algunas de sus obras, relató el juicio político a que había sido sometido en Defensa de los dieciséis cargos hechos por don José de Valdenebro, Pamplona, 1820 y escribió nuevos artículos en 1821 para El Liberal Guipuzcoano, pero falleció la víspera de Navidad en Pamplona.

Pedro Alfonso




Moshé Sefardí, posteriormente Pedro Alfonso (Huesca, ¿1062? – ¿1140?), fue un escritor, teólogo y astrónomo español de origen judío y convertido al cristianismo en 1106.
Rabino y versado en matemáticas y astronomía, fue médico personal de Alfonso I de Aragón, que propició su conversión al cristianismo y le protegió, y de Enrique I de Inglaterra. Ha llegado hasta la posteridad su retrato grabado del Liber Chronicarum cum figuris, un incunable de 1493 que describe la apariencia física de diversos personajes históricos. Es él mismo quien nos suministra los escasos datos que poseemos sobre su vida en el prólogo que antepuso a su Dialogus contra iudaeos (Diálogo contra los judíos). En él cuenta su conversión al cristianismo y su bautismo, que tuvo lugar en 1106. Alfonso I estuvo presente como padrino; también nos informa de su viaje a Inglaterra, donde enseñó artes liberales y astronomía y adiestró a Walcher, prior de Malvern, en las tablas astronómicas árabes. También tuvo como discípulo a Adelardo de Bath. Se conjetura que volvió a Zaragoza hacia el año 1121 y después de esa fecha se cree que anduvo en Tudela.
Su Dialogus contra iudaeos fue escrito después de 1106 y su origen probable es el de responder al clamor surgido en la judería debido a su conversión. En ella se sirvió de sus extensos conocimientos de la Torá y de la literatura judía para polemizar contra sus antiguos correligionarios utilizando sus mismos argumentos, defendiendo su nueva fe cristiana. También ataca, desde un profundo conocimiento de la misma, los postulados de la religión islámica. Otros escritos polémicos de esta época (Pedro Abelardo, Pedro el Venerable o Pedro de Blois), a diferencia del de Pedro Alfonso, adolecen de falta de comprensión de las argumentaciones de sus adversarios, pues desconocían el Talmud y el hebreo. Además la obra del oscense responde a una sincera experiencia personal y, frente al tono agresivo de otros polemistas, adopta una actitud conciliadora y didáctica.

Pero su obra más difundida, es un popularísimo libro de apólogos en latín titulado Disciplina clericalis que fue divulgado y traducido por toda Europa en tal manera que unos sesenta autores de la novelística universal de todos los tiempos y todas las lenguas cultas le deben algo. Este libro supuso la primera fuente de introducción en la Europa cristiana de la narrativa oriental por medio de sus 33 apólogos tomados de fuentes árabes y en última instancia persas e hindúes, así como de gran número de sentencias morales, pues estos son los géneros de que está formado el libro, que compuso «parte de proverbios de los filósofos y sus enseñanzas, parte de proverbios y consejos árabes y de fábulas y versos, y parte sirviéndome de las comparaciones con aves y animales». El material de las fuentes que usa son agrupadas del siguiente modo:

Prólogo acerca «del temor de Dios»
1. Vicios y virtudes del hombre
2. Relaciones humanas
3. Relaciones con Dios y brevitas vitae

Ilustración del Diálogo contra los judíos que muestra la rotación solar alrededor de la Tierra.

Termina el texto retomando la idea del prólogo y un epílogo consiste en una invocación a Dios. Muchos de estos apólogos pasaron a El conde Lucanor de Don Juan Manuel. Junto al Sendebar, al Calila e Dimna y al Libro de los enxiemplos por ABC constituye uno de los principales repertorios de la cuentística medieval y fue editada por primera vez en 1824, en Francia.

Por lo que toca a su obra científica, los testimonios extraídos de sus eruditos discípulos ingleses (Walcher o Adelardo) permiten asociarlo a la composición de dos obras: De Dracone, que estudia el cálculo de los movimientos de los astros, y De Astronomia, unas tablas astronómicas según los calendarios árabe, persa y latino, por medio de las cuales y con la ayuda de un astrolabio era posible averiguar, por primera vez y con exactitud, las posiciones del sol, la luna, los cinco planetas conocidos y los ascendientes y descendientes. La obra va precedida de una Carta a los peripatéticos franceses, compuesta en forma epistolar en 1120 e importante para el llamado Renacimiento del siglo XII porque destaca la importancia de la aritmética, ciencia útil para la geometría, la música, la medicina, la astronomía, y los «negocios del siglo». Su enfoque es racionalista y recupera autoridades como Aristóteles y Ptolomeo.

Pedro Alfonso tradujo además las tablas astronómicas de Al-Juarismi y, junto con otros aragoneses como Abraham Ben Ezra y Abraham bar Hiyya, contribuyó a divulgar la ciencia árabe en Occidente, pues inició a la Europa cristiana en el estudio de la astronomía. Por otro lado, su apología en defensa del Cristianismo contra el Islamismo y el Judaísmo fue utilizada por teólogos, y predicadores de la Cruzada. Su colección de exempla Disciplina clericalis introdujo la cuentística de origen oriental en toda Europa.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Martín de Álzaga




Martín de Alzaga (n. Valle de Aramayona, Álava, 11 de noviembre de 1755 - † Buenos Aires, 6 de julio de 1812), comerciante y político español de importante actuación en el Río de la Plata, especialmente por su participación en el rechazo de las invasiones inglesas.
Llegó a Buenos Aires a los 11 años, muy pobre y sin saber siquiera hablar otro idioma que el euskera.

Dedicado al comercio, llegó a ser muy rico en pocos años con negocios en el tráfico de esclavos, de telas y de armas.

Fue un destacado hacendado y miembro del Cabildo de Buenos Aires, al que accedió en 1785 como Defensor de Pobres, siendo uno de los miembros fundadores del Consulado de Comercio de Buenos Aires, en 1794, y Alcalde de primer voto desde el 1 de enero de 1795 al 16 de septiembre de 1796. Se opuso siempre a la apertura comercial, a través de varios memoriales.

Preocupado por la rebelión de Túpac Amaru II, creyó encontrar una conspiración en Buenos Aires y ordenó tormentos a los prisioneros arrestados en razón de sus delaciones. Pero, en definitiva, no pudo demostrar nada.

Cuando en 1806 se produjo la primera de las invasiones inglesas en Buenos Aires, puso su fortuna al servicio de la Reconquista. Organizó un grupo de conspiradores, que unió a otros grupos con el mismo objetivo, formados también por poderosos comerciantes, como Anselmo Sáenz Valiente y Juan Martín de Pueyrredón.

El general invasor Beresford había ordenado el secuestro de todas las armas en poder de particulares, pero Álzaga era especialista en el contrabando de armas, por lo que pudo reunir centenares e instalar talleres de reparación de armas. Alquiló en secreto las casas que daban a la Plaza Mayor, y desde allí cavó túneles para minar el Fuerte, además de instalar en ellas cantones desde los cuales hacer frente a los invasores.

Su capacidad de organización era notable; tenía una tenaz voluntad y un don natural de mando. Alquiló la chacra de Perdriel, en el actual partido de San Martín, donde los voluntarios se entrenaban por turnos, y donde se reunieron fuerzas de caballería. La red de espionaje organizada por los ingleses sólo descubrió lo que se tramaba pocos días antes de iniciada la reacción. El ataque a Perdriel sólo aceleró los hechos.

Cuando Santiago de Liniers llegó desde Montevideo y comenzó la Reconquista de Buenos Aires, el 12 de agosto, apareció de repente el ejército secreto de Álzaga, y los ingleses fueron rápidamente vencidos. La rendición de Beresford no tardó en llegar; se había salvado el Virreinato.

De inmediato, Álzaga convocó un cabildo abierto que consiguió desplazar del mando militar al virrey Sobremonte — que pasó a Liniers — e impedirle su entrada a Buenos Aires. El 1 de enero de 1807 fue electo Alcalde de primer voto y asumió el mando civil de la ciudad.

Pero la flota inglesa no había abandonado el Río de la Plata, y pronto llegaron refuerzos, al mando del general John Whitelocke. Éstos tomaron Montevideo en junio de 1807, eliminando con facilidad las fuerzas de Sobremonte. Álzaga simplemente ordenó el arresto del virrey y su reemplazo por Liniers, como interino.

Participó en la organización de las milicias de voluntarios de la ciudad, un ejército de más de seis mil hombres, y pagó con sus propios fondos la formación de un regimiento de asturianos y vizcaínos.

El 2 de julio de 1807 se produjo el esperado ataque, y Liniers fue derrotado en el Combate de Miserere, en las afueras de la ciudad. Pero Whitelocke les dio tres días de descanso a sus tropas antes de atacar. Álzaga convenció al desalentado Liniers de preparar la defensa y aprovechó al máximo el tiempo: organizó la defensa casa por casa, iluminó con miles de lámparas la ciudad para seguir trabajando de noche, y se aseguró que en todas las azoteas se acumulara todo lo necesario para la defensa de Buenos Aires.

Los ingleses atacaron el 5 de julio, dándole otra ventaja: atacaron divididos en 13 columnas, que fueron derrotadas por separado. Al mediodía del 7 de julio, los ingleses se rindieron y evacuaron la ciudad. Pero Álzaga incluyó en las condiciones de la rendición que debían entregar también Montevideo.

Liniers y Álzaga eran los héroes de la jornada, pero pronto entraron en conflicto, tanto por el pésimo gobierno del virrey, como por el hecho de que éste era francés y España había entrado en guerra con Napoleón Bonaparte.

El 1 de enero de 1809, organizó una revolución para deponer a Liniers: sacó a la calle a los tercios (batallones) de "Gallegos", "Miñones de Cataluña" y "Vizcaínos" formados por españoles, organizó una manifestación en contra del virrey y le exigió la renuncia. En su lugar sería nombrada una junta, dirigida por españoles y con dos secretarios porteños: Mariano Moreno y Julián de Leyva. Pero la renuncia de Liniers fue a condición de que el mando pasara al general Ruiz Huidobro, el segundo en el mando militar. Eso desconcertó a Álzaga y dio tiempo a la reacción del coronel Cornelio Saavedra, comandante del regimiento de Patricios. Éste disolvió las fuerzas españolas sublevadas y obligó a Liniers a retirar la renuncia.

Álzaga fue enviado preso a Carmen de Patagones y se le siguió un juicio con el curioso título de "proceso por independencia". Los tercios de españoles sublevados fueron disueltos, lo que facilitaría la Revolución de Mayo. Pero el gobernador Francisco Javier de Elío, de Montevideo, que había formado una junta de gobierno en esa ciudad, rescató a Álzaga de Carmen de Patagones. Esta junta fue disuelta cuando llegó al Río de la Plata el nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, pero Álzaga pudo regresar a Buenos Aires.

Esta fracasada revolución fue precursora de la del 25 de mayo del año siguiente. Pero también dejó en claro las líneas del conflicto por el poder entre gobiernos españoles y criollos. Y produjo un nuevo esquema de partidos y de poder, a partir del cual partió la idea llevada a cabo en la Revolución de Mayo.

Participó en la caída del virrey Cisneros, y aunque no estuvo presente en el cabildo abierto del 22 de mayo, se negó a aceptar la junta presidida por éste. Y es seguro que participó en las negociaciones que formaron la Primera Junta, ya que colocó en ella a tres miembros de su partido: Mariano Moreno, Juan Larrea y Domingo Matheu.

Fue obligado a aportar grandes sumas para la Revolución, pero no fue perseguido. Tenía muy buenas relaciones con el virrey Elío, que estaba en Montevideo en 1811, pero se quedó sin nada al año siguiente. Se dijo que en 1812 fundó su partido El Republicano (que pugnaba por la independencia bajo control español).

El 1º de julio de 1812, el gobierno descubrió — o creyó descubrir — una conspiración de españoles contra el Primer Triunvirato, formado por Pueyrredón, Chiclana y Manuel de Sarratea. Ésta debía estallar el 5 de julio, quinto aniversario de la Defensa. No se sabe cuáles eran exactamente sus intenciones, aunque no parece que quisieran volver lisa y llanamente a la dependencia del rey. Buenos Aires estaba escasa de tropas, mayormente enviadas al Ejército del Norte, por lo que la situación era delicada.

Durante las investigaciones, el secretario del Triunvirato Bernardino Rivadavia, basado en pruebas y confesiones extremadamente sospechosas, extendió la acusación a Álzaga y a un extenso grupo de partidarios. En realidad, caben serias dudas de que la conspiración fuera siquiera real.

Fue arrestado y sometido a proceso criminal secreto; tan secreto, que nunca fue publicado ni se supo la identidad del único testigo, que incluso se dijo que era un esclavo. Es casi seguro que Rivadavia se estaba vengando de una vieja afrenta personal y usó los cargos para apoderarse de sus bienes. Álzaga y muchos otros fueron condenados a muerte.

Las ejecuciones comenzaron el 4 de julio, dos días después de su arresto, lo que deja en claro que los acusados complotados ya estaban condenados de antemano. En total, fueron ejecutados más de treinta hombres, incluidos jefes militares, frailes y comerciantes, cuyos bienes fueron expropiados.

Fue fusilado y colgado el 6 de julio de 1812 en Buenos Aires, en la Plaza de la Victoria. Sus cuerpos fueron exhibidos en la plaza durante tres días, en el que fue el más sanguinario de los desgraciadamente frecuentes excesos de la revolución.

Sus restos se hallan en la Basílica de Ntra. Sra. del Rosario y Convento de Santo Domingo en la Ciudad de Buenos Aires, junto a los de Manuel Belgrano.

Estaba casado con María Magdalena de la Carrera. De sus hijos dos destacaron en los bandos opuestos de la revolución. Félix de Álzaga se convirtió en un importante militar, político y hacendado en la nueva nación, mientras que Cecilio de Álzaga, comerciante y político fue un tenaz enemigo de la emancipación argentina.

La Batalla de La Albuera






La Batalla de La Albuera se enmarca en la Guerra de la Independencia Española, llamada Guerra Peninsular por los británicos y portugueses. El encuentro se libró el 16 de mayo de 1811, en La Albuera, localidad extremeña situada a 22 km de Badajoz en la ruta hacia Sevilla. Combatieron fuerzas aliadas compuestas por tropas españolas y anglo-portuguesas contra el ejército del Imperio Francés, incluyendo un regimiento polaco del Ducado de Varsovia, al mando de mariscal Soult.

Las fuerzas anglo-portuguesas estaban a las órdenes del mariscal Sir William Beresford; las fuerzas españolas las mandaba el general Joaquín Blake. El encuentro acabó sin una victoria clara para ninguno de los dos bandos después de una lucha sangrienta, aunque generalmente se acepta como una victoria táctica del ejército hispano-anglo-portugués. Los datos de combatientes y de bajas aún son discutidos.

Wellington pasó el invierno de 1810-1811 manteniendo la línea de fortificaciones de Torres Vedras que protegían Lisboa. Las tropas francesas, bajo el mando de André Masséna, invernaron frente a estas líneas, mostrándose incapaces de tomarlas al asalto y de incluso autoabastecerse, por lo que en marzo de 1811 Masséna reconoció lo insostenible de su situación y puso rumbo a la frontera española, hacia la fortaleza de Ciudad Rodrigo, punto estratégico en el camino de España hacia Portugal por Salamanca. Masséna dejó una pequeña guarnición en la fortaleza portuguesa de Almeida. La combinación del duro invierno en Torres Vedras, las privaciones y la apresurada retirada destruyeron prácticamente la capacidad combativa del ejército de Masséna.

Al sur del río Tajo, la fortaleza portuguesa de Elvas y la española de Badajoz se asentaban sobre la ruta principal de Portugal a Madrid. Las operaciones francesas en esta área estaban bajo la responsabilidad de Soult, el cual también permanecía ocupado en otras partes (como por ejemplo el asedio de Cádiz). En enero de 1811 Soult aligeró las fuerzas ocupadas en Cádiz para disponer de una fuerza mayor con la que dirigirse a Badajoz. Como respuesta, las tropas españolas e inglesas intentaron romper el asedio de Cádiz dando lugar a la Batalla de Chiclana, también llamada Batalla de Barrosa, el 8 de marzo de 1811 . La batalla se saldó con una derrota táctica francesa, pero no se consiguió explotarla de cara a levantar el asedio. Badajoz cayó el 10 de marzo de 1811 (supuestamente como resultado de una traición más que debido a las operaciones militares), y Soult volvió rápido a la zona de Sevilla para apoyar el asedio de Cádiz y prevenir cualquier repetición de los movimientos que dieron lugar a la Batalla de Barrosa.

Las ciudades fortificadas eran particularmente importantes debido al pobre estado de las comunicaciones terrestres en la Península Ibérica, que dificultaban los movimientos y complicaban la logística necesaria para transportar y abastecer tropas de asedio.

Wellington comprendió que era necesario controlar las cuatro fortalezas mencionadas (Ciudad Rodrigo, Almeida, Elvas y Badajoz) para proteger a Portugal de una futura invasión y autorizó el movimiento del ejército anglo-portugués hacia España. Dividió sus fuerzas para intentar tomar simultáneamente Almeida y Badajoz. Un ejército de 20.000 hombres (10.000 de los cuales eran británicos) al mando de Beresford se destinaron al asedio de Badajoz mientras Wellington se dirigía con más o menos el doble de efectivos hacia Almeida.

Wellington no disponía de un tren de asedio, así que se limitó a bloquear Almeida manteniendo una fuerza de cobertura al este. El ataque de Masséna a esta posición se saldó con la derrota francesa en la Batalla de Fuentes de Oñoro (a pocos kilómetros de Ciudad Rodrigo), el 5 de mayo de 1811. Como resultado de la misma, los franceses evacuaron Almeida el 11 de mayo. En uno de los episodios más humillantes de la historia del ejército británico, toda la guarnición de la plaza se escurrió entre las líneas de bloqueo sin perder un solo hombre y sin que se diese la alarma.

Mientras tanto, Beresford intentaba reunir una especie de tren de asedio con los cañones de la fortaleza de Elvas y comenzó las operaciones de asedio contra Badajoz el 8 de mayo de 1811. Soult se puso en marcha en socorro de la plaza con unos 24.000 hombres mientras, más al sur, el general Joaquín Blake desembarcaba en la provincia de Huelva con 8.000 españoles desde Cádiz en un destacable movimiento anfibio y se puso en marcha para unirse a Beresford. El ejército aliado avanzó a lo largo de la carretera Sevilla-Badajoz hacia La Albuera.

El Mariscal Soult intentaba estorbar la reunión del ejército aliado y trataba de llegar a tiempo para evitar que el ejército de Blake, que venía del sur, paralelo al eje de su marcha, pudiera incorporarse al resto de los aliados, para lo cual quería interceptarlo entre Almendral y La Albuera con un movimiento lateral.

Por su parte, el campo de batalla había sido elegido por Wellington, y como la reunión de los aliados no se efectuó hasta la noche del día 15, no dio tiempo a practicar obras de trincheras ni a preparar el campo, toda vez que los soldados venían rendidos por largas marchas.

El 15 de mayo, un destacamento de la caballería de Beresford de unos 2.500 jinetes fue expulsado de la orilla derecha del río Albuera con relativa facilidad por la caballería francesa. El brigadier británico Robert Long fue relevado del mando debido a este fracaso. A primeras horas del 16 de mayo de 1811 las fuerzas españolas de Blake y las anglo-portuguesas de Beresford se unieron (dato desconocido por Soult) y se desplegaron al sur de la posición.
[editar] Los ejércitos enfrentados

Beresford mandaba un ejército compuesto por la 2ª División (5.500 efectivos) del General William Stewart, la 4ª División (4.500) bajo el mando del general Lowry Cole, la División Portuguesa (4.800) del general John Hamilton, una Brigada portuguesa (1.400) del coronel Richard Collins y una Brigada de la King's German Legion (KLG)3 (1.100) a las órdenes del general Charles von Alten. El general William Lumley mandaba la caballería anglo-portuguesa compuesta por tres regimientos británicos (1.250) y 850 jinetes portugueses. Se disponía de dos baterías de artillería británicas, dos de la LAR y dos portuguesas bajo el mando de Alexander Dickson.

El ejército español, mandado por los generales Francisco Javier Castaños y Joaquín Blake, estaba compuesto por las divisiones de infantería de los generales Lardizábal (2.400), Ballesteros (3.500) y Zayas (4.900), la brigada independiente de Carlos de España (1.800), las brigadas de Caballería de Loy y Penne Villemur (1.900) y de dos baterías de artillería.

El ejército de Soult estaba formado por las divisiones de infantería de Jean-Baptiste Girard (4.200), Honoré Gazan (4.200), las potentes brigadas de Werlé (5.600) y Godinot (3.900), la división de dragones de Latour-Maubourg (2.800), caballería ligera adicional (1.200) y 48 piezas de artillería al mando de Ruty.
[editar] Despliegue

Beresford desplegó a sus tropas ocupando las alturas que se desarrollan desde La Albuera hacia el sur, teniendo detrás la ribera de Valdesevilla y delante la de Chicapierna, dando frente al camino de Sevilla. Situó el ala izquierda y el centro detrás del pueblo, siguiendo un arco que partía de la ribera de La Albuera y extendiendo el ala derecha por las alturas de las casillas de Gragera en dirección a Capela.

El centro de la línea de batalla aliada estaba formado por la División de Steward, en la que combatían también tropas portuguesas del teniente general A. Luiz Fonseca. El pueblo de La Albuera quedó ocupado por la brigada ligera de Charles von Alten, perteneciente a la KGL. A Alten se le encargó la tarea de mantener la defensa de los puentes, misión para la que estaría apoyado por la caballería portuguesa al mando de Olway, que formó a su retaguardia, así como por unas piezas artilleras, emplazadas detrás de la iglesia.

El ala izquierda la constituían la División portuguesa de Hamilton y la División de Cole, que llegaría al campo de batalla procedente del Sitio de Badajoz.

El ala derecha, dando frente al camino real de Sevilla, estaba formada por las tropas españolas bajo el mando de Blake. Se desplegó en primera línea a la división de Ballesteros y a continuación la de Lardizábal. Detrás se situó en segunda línea la división de Zayas. A las tropas de Blake se unieron las de Castaños, mandados por el general Carlos de España, que se situaron a sus flancos.

Al extremo del ala derecha se colocó la caballería española, también en dos líneas: la primera la de Castaños, al mando de Penne-Villemur, y la segunda la de Blake, a las órdenes del brigadier Loy y el coronel Manon.

Al extremo del ala izquierda se desplegó la caballería británica bajo el mando del general William Lumley.

Por último, de la División portuguesa de Hamilton se separó una brigada para formar la reserva del dispositivo aliado.
[editar] El plan de batalla

La intención de Beresford era caer sobre las avanzadas francesas que quisieran apoderarse de los dos puentes: el situado junto al pueblo, inmediato a la desembocadura del Chicapierna en el Nogales, y otro entonces existente aguas abajo. Para impedirlo, debía lanzar a la carga su caballería desde las lomas y batir el grueso del ejército enemigo en los llanos del Prado y la Dehesa que habían de cruzar para llegar al pueblo, teniendo asegurada una posible retirada, por Valverde de Leganés, hacia Portugal.

Sin embargo, Soult, que era un magnifico táctico, trastocó todo el plan aliado. Soult pensaba que Blake no había llegado aún al campo de batalla y se dispuso a cortarle el paso, colocándose en su ruta de concentración entre Almendral y La Albuera. Para ello concibió una finta seguida de una amplia maniobra de flanqueo en dirección sur, contra el ala derecha anglo-portuguesa para interponerse entre la posición de Beresford y la que pensaba que ocupaba Blake en ese momento.

Para llevar a cabo la finta, Soult ordenó al general Godinot que con su brigada y cinco escuadrones de caballería, al mando del general Briche, fingiera un ataque contra el pueblo. Mientras tanto él, con la mayor parte del ejército, atacaría por el sur, trabando una batalla en orden oblicuo que sorprendiera al dispositivo defensivo aliado, al propio tiempo que con su caballería envolvía por la espalda al enemigo, cortándole la retirada hacia Portugal.
[editar] La finta de Soult sobre La Albuera

Cuatro escuadrones de Ulanos (lanceros polacos) cruzaron el río Albuera. Los británicos respondieron desplegando dos escuadrones de dragones del 3º Dragoon Guards. El primer escuadrón fue dispersado por dos compañías polacas, pero el segundo contraatacó y forzó a los lanceros a retirarse de nuevo a la otra orilla.

El ataque de la brigada de Godinot a La Albuera a través del puente sobre el río homónimo, aunque concebido únicamente como una finta que fijase a los aliados mientras el grueso del ejército francés maniobraba hacia el flanco derecho aliado, estaba provocando numerosas bajas en el bando francés, cuyas tropas fueron sometidas a un continuo bombardeo por parte de la artillería portuguesa. A pesar de ello, Godinot expulsó a la brigada de Alten (KGL) del pueblo.

Los generales aliados, como se ha visto, esperaban un ataque frontal o sobre la izquierda de su línea, es decir, sobre los puentes, calculando que Soult pretendía abrirse paso hacia Badajoz directamente, y los hechos parecían confirmar que así sería gracias tanto a la maniobra de distracción iniciada por Godinot como al fuego de una batería de grueso calibre que empezó a cañonear La Albuera.

Sin embargo, un oficial de Zayas, Schépeler, que se encontraba desayunando junto a él mientras todos oteaban el sector donde avanzaban las tropas de Soult, dirigió su catalejo hacia el sur y, percibiendo entre el carrascal el brillo de las bayonetas francesas, exclamó: "De allí es de donde vienen: por allí atacan", haciendo volver a todos la cabeza en la dirección señalada. Blake le ordenó que galopara hacia la última colina de la loma y, desde allí, vio la cabeza de las columnas que descendían por el otro lado del Nogales. Volvió a galope e hizo señales a Zayas.

Los generales aliados todavía dudaban. El propio Beresford, al que le parecía muy temerario que Soult se arriesgara a perder el dominio del camino de Sevilla, cabalgó con Schepeler hacía la colina donde pudo comprobar la veracidad del informe.

La batalla, contrariamente a lo esperado, se iba a desarrollar en orden oblicuo, muy osado para los atacantes, de no ser dirigida, como en este caso, por un táctico eminente, y muy peligrosa para los atacados, que se veían obligados a descomponer su formación y cambiar de frente, con el peligro de ser envueltos y cortado el camino de retirada.
[editar] El ataque de flanco francés

Beresford se dispuso a redesplegar sus fuerzas para evitar un ataque de flanco. Toda el ala derecha tendría que girar adoptando un dispositivo de martillo para hacer frente a las divisiones de Girard y de Gazan que avanzaban apoyadas por la carga de la caballería de Latour-Maubourg sobre la extrema derecha del ejército aliado. Detrás de las divisiones de Girard y Gazan, se movía la reserva de infantería del general Werlé.

Se ordenó a las unidades españolas encararse hacia el sur. La 2ª División británica, desplegada tras La Albuera, fue reemplazada por la División Portuguesa de Hamilton y mandada hacia el sur donde se desplegó en escalón, es decir, algo retrasada, a la derecha de las tropas españolas. Con este redespliegue se pretendía extender el flanco derecho Aliado hacia el oeste. La 4ª División, bajo el mando de Cole, quedó en reserva. A pesar de las órdenes, Blake se negó a encarar sus tropas hacia la derecha porque estaba convencido de que el ataque principal francés sería sobre La Albuera en el centro. Sin embargo, por propia iniciativa, el general Zayas sí encaró sus batallones hacia el sur.

Cuando el V Cuerpo francés de Girard comenzó su ataque sobre el ala derecha aliada, sólo cuatro batallones de la División de Zayas estaban alineados para enfrentarse al mismo. Los flancos del V Cuerpo estaban cubiertos por artillería a caballo, la caballería francesa marchaba a la izquierda y los hombres de Werle detrás. La caballería francesa, a medida que progresaba su infantería, se iba abriendo a su izquierda para abarcar todo el campo español y dominar la vaguada del Valdesevilla, con la vista puesta en el camino de Valverde.

Entretanto, proseguía la inicial maniobra de distracción de Briche y Godinot, presionando sobre los puentes y cañoneando incesantemente al pueblo.
[editar] La línea española detiene el asalto de las columnas francesas

Los franceses quedaron sorprendidos cuando advirtieron que los españoles le oponían una línea frontal, por la rápida maniobra de martillo ejecutada por Zayas, con la cual no contaban.

Por otra parte, Soult se había confiado y dejó avanzar sólo a Girard con las dos divisiones, reteniendo junto a sí a Gazan, que, a la vez, era su jefe de Estado Mayor. Girard detuvo sus columnas para cambiar su formación, paralización que dejó sin apoyo a su caballería, permitiendo que a la española, muy inferior en número, la reforzara la anglo-portuguesa, de Lumley, que tomó el mando de toda el arma.

Tampoco supo Girard desplegar a las dos divisiones, constreñidas por la estrechez del campo en que se movía, teniendo que acudir personalmente Soult y Gazan. Sin embargo, su ataque fue violentísimo, secundado por una gran masa de artillería, que se había emplazado en las alturas que dividen la horquilla del Nogales y el Chicapierna. Se produjo un intenso tiroteo entre los franceses y los españoles al mando de Zayas, que lucharon tenazmente y resistieron el embate francés. El resultado de este primer asalto, en el que los hombres de Zayas y Ballesteros resistieron bravamente la acometida, se saldó con gran número de bajas por ambas partes y, batida la vanguardia francesa, que no logró imponer su masa, en la que siempre confiaban los imperiales, el paso a la formación en línea se efectuó con cierto desorden, pereciendo el general francés Pepin y quedando fuera de combate los generales Maranzon y Brayer. Después también había de caer herido el propio Gazan.

Contra todo pronóstico, la línea española se mantuvo firme e incluso forzó a la división de cabeza francesa a detenerse, resistiendo el primer ataque francés hasta la llegada de la infantería británica. El humo y la ansiedad del combate provocaron un episodio de "fuego amigo" cuando la infantería británica disparó contra las espaldas de sus aliados españoles haciendo que éstos recibiesen disparos de frente, por los franceses, y de espaldas por los británicos.

Por tanto, la División española bajo Zayas, a pesar de la superioridad numérica francesa, realizó un papel brillante, decisivo para la victoria aliada, arrojando un mortal fuego de mosquete sobre los 14.000 franceses que avanzaban hacia ellos mientras Beresford enviaba refuerzos.

La densa formación francesa fue destrozada por las descargas de mosquetería de las divisiones de Zayas, Houghton, Abercrombie y Cole. La artillería aliada causó aún más estragos que los mosquetes.

Las tropas de Zayas sufrieron un 30% de bajas, pero se mantuvieron firmes luchando hasta que se les ordenó retirarse para descansar y reabastecerse. Posiblemente la División de Zayas, compuesta por los regimentos de Reales Guardias Españolas y Reales Guardias Valonas, Irlanda, Legión Extranjera, Ciudad Real, Toledo y Patria, estaba entre las mejores del ejército español de la época. Según se expone en britishbattles.com, la actuación de los batallones de Zayas en la batalla de la Albuera «merece más reconocimiento del que recibe. La Guerra Peninsular es un evento de gran importancia en la tradición del ejército británico. Es una pena que mucha de esa tradición sea antiespañola más incluso que antifrancesa».4 Los británicos cambiaron a su favor en los diarios de guerra lo que realmente pasó, ya que tuvieron muchos fallos en la batalla.5
[editar] La destrucción de la brigada de Colborne

La línea española se vio muy comprometida y, al avanzar la brigada del general España, para cambiar de frente, azotada por el fuego de la gran batería francesa, hubo de ceder terreno, que Zayas se apresuró a ocupar con el regimiento de Irlanda.

La división de Stewart y una batería de la KGL se movieron para apoyar a los españoles de Zayas. Stewart ordenó a la brigada del teniente coronel John Colborne que se desplazara hacia la izquierda de la línea describiendo un arco de forma que pudiese disparar al flanco izquierdo de las columnas francesas.

Tomadas en un mortal fuego cruzado, las columnas francesas comenzaron a flaquear y Stewart ordenó una carga con la brigada de Colborne que venía en columnas de compañía de a tres, con el propósito de atacar la batería que tantos estragos estaba causando. Habría querido Colborne cambiar su formación a orden de batalla, pero la impaciencia imprudente de su general no se lo permitió y quedó expuesto a la carga de la caballería de La­tour-Maubourg que protegía la artillería francesa y de cuya existencia Stewart no se había apercibido.

Latour-Maubourg lanzó a sus lanceros polacos y al 10º regimiento de húsares contra Colborne. Tres regimientos británicos (3º, 2/48º y el 66º Regimiento de línea) quedaron expuestos en línea y de flanco, la peor formación posible, a la carga de la caballería francesa quedando, prácticamente, aniquilados. El cuarto regimiento de la brigada de Colborne (31º regimiento de línea) pudo formar a tiempo un cuadro de infantería que lo salvó de la destrucción a manos de los lanceros polacos y húsares franceses. Los ulanos capturaron cinco banderas regimentales y cinco cañones de la batería de la KGL.

A continuación los polacos se lanzaron a por la brigada de Carlos de España y a por el personal de Beresford, amenazando a la posición de Zayas por la espalda. Las divisiones de Lardizábal y Ballesteros escaparon del ataque. Zayas, meritoriamente, afrontó el nuevo asalto sin dejar de arrojar descargas de mosquetería sobre las tropas de Girard, una acción que muy probablemente salvó al ejército aliado de la destrucción.

El 29º regimiento de línea británico, perteneciente a la brigada de Houghton, abrió fuego sobre los dispersos lanceros polacos, por lo que gran parte de ese fuego fue a impactar contra los apretados batallones de Zayas.

Dos escuadrones del 4º regimiento de dragones británico se lanzaron contra los polacos, pero Latour-Maubourg envió a sus húsares a la refriega y forzó la retirada de los dragones. Las fuentes británicas afirman que los lanceros polacos rehusaron aceptar la rendición de la infantería y que deliberadamente alancearon a los heridos allí donde los encontraban. De cualquier modo, lo cierto es que de los 1.250 hombres que componían los tres primeros regimientos de la brigada de Colborne sólo la mitad fueron tomados prisioneros.

El ataque francés se dirigió ahora hacia la brigada de Houghton, perteneciente a la 2ª División británica y compuesta por los regimientos 29º, 1/48º y el 57º de línea. Había estallado un temporal y la niebla, el humo y el aguacero confundieron a los ingleses que creyeron que la caballería que se les venía encima era la española. El coronel Inglis, al mando del 57º de línea, fue herido de gravedad y, mientras lo retiraban del campo repetía: ¡Die hard!, ¡Die hard! (¡Morid peleando!).6

La enérgica carga francesa los desbarató y se introdujo entre las líneas españolas, sufriendo ataques el propio general España y el oficial Schépeler. Algunos grupos de jinetes imperiales lograron llegar hasta el puesto de mando del general en jefe, Beresford, que estuvo a punto de ser derribado por la lanza de un polaco, al que mató un granadero de la escolta del general.

No obstante, a pesar de sufrir graves pérdidas, la brigada de Houghton mantuvo la posición.

En conjunto, la División de Stewart sufrió un 52% de bajas. La efectividad de los lanceros polacos hizo que el ejército británico convirtiese algunos regimientos de caballería en lanceros después de Waterloo.
[editar] El ataque de flanco de Soult fracasa

Envalentonado por la dura acción de su caballería contra los ingleses, Gazan se abrió paso con su división, acometiendo, siempre en columna y batiendo tambores, la línea española. El general Beresford pensó un momento en abandonar la loma, donde se mantenían las brigadas de Houghton y Abercromby, además de los restos de la brigada de Colborne, dado que a los hombres de Zayas se les había ordenado replegarse a segunda línea.

Para entonces, las tropas de Girard y Gazan se habían convertido en una masa ingobernable de muchas filas de profundidad. Generalmente, la infantería británica formada en línea de dos filas de profundidad podría haberse encargado en poco tiempo de la desorganizada masa de infantería francesa, dado que sólo las dos o tres primeras filas de las apretadas tropas francesas hubiesen podido responder al nutrido fuego británico, pero la artillería de apoyo francesa disparaba de flanco contra la delgada línea británica causando graves pérdidas, entre ellas, la de Houghton, que resultó muerto.

Hasta el momento la batalla no había ido del todo mal para los franceses. No obstante, Soult, ya apercibido de que las fuerzas anglo-portuguesas de Beresford se habían reunido con las españolas de Blake, se mostró reacio a empeñar sus últimas reservas para asegurar la victoria.

Con la incapacidad de Soult para actuar decisivamente y la negativa de ambos bandos a abandonar el campo, la mutua carnicería continuaba.

Beresford, que había escapado por los pelos del lancero polaco, parecía haberse olvidado de la 4ª División de Cole que se mantenía en reserva, pero el coronel Harding rogó a su superior, el general Cole, que se emplease la división bajo su mando en la batalla, a sabiendas de los riesgos que ello suponía para una eventual retirada.

Así se hizo, y la entrada en línea de la 4ª División de Cole, avanzando desde el puesto de reserva hacia la extrema derecha para impedir que la caballería enemiga rompiera la línea aliada, supuso un refuerzo decisivo que presentó un frente compacto contra los intentos franceses, convirtiendo definitivamente el ataque de flanco planteado por Soult en una batalla en línea.

Como respuesta Soult se vio obligado a apoyar su ataque con la propia reserva, mandada por el general Werlé, y destacó hacia su izquierda a dos batallones para oponerse a la división anglo-portuguesa de Cole que se extendía por aquel flanco. Pero como los españoles de Blake se habían mantenido firmes, los 4.000 hombres de refresco de Cole pudieron imponer la iniciativa.
[editar] El final

Los hombres de Cole, formados en línea de dos filas con cuadros de infantería en ambos flancos, integrados por las fuerzas convergentes de las compañías ligeras británicas y portuguesas (Loyal Lusitanian Legion) repelieron una carga masiva de dragones franceses y ulanos polacos.

Posteriormente, durante unos 20 minutos, mantuvieron un intercambio de fuego de mosquetería con las tropas de Werlé. Los franceses persistían en sus ataques en masa, de gran efecto moral y arrollador, pero de escasa potencia de fuego, sólo vomitado por la cabeza de la columna, sufriendo en cambio el de los aliados, desplegados en orden abierto, que graneaban a los atacantes. El general portugués Sousa Sequeira, que asistió a la batalla siendo alférez, comentó que "los muertos franceses yacían tendidos en tierra, continuando la formación que mantuvieron en vida".

La infantería francesa, duramente castigada a lo largo de toda la jornada, iba agotando su capacidad de combate cuando los británicos lanzaron una carga a bayoneta. Una vez dada cuenta de la brigada de Werlé, los hombres de Cole cayeron sobre el flanco del V Cuerpo francés.

La brigada del teniente coronel Myer y la brigada portuguesa del general Harvey se distinguieron especialmente en esta jornada. Ambas brigadas resistieron el empuje de la caballería polaca, a cuyos escuadrones lograron diezmar.

Desde aquel momento, las columnas francesas empezaron a perder terreno, retrocediendo al abrigo de su reserva y de la gran batería artillera, dirigida con enorme eficacia por el general Ruty. Cuando el jefe de la reserva francesa, general Werlé, cayó muerto en un intento de reacción, se inició una disciplinada retirada, que no se desmoralizó gracias a la experiencia y acierto de Latour-­Maubourg, que seguía imponiendo respeto a los aliados con sus jinetes, y a la sangre fría de Ruty, que repasó ordenadamente con sus piezas el curso del río Nogales. Al final, los franceses abandonaron la lucha terminando con el mortal encuentro.
[editar] Resultados

La batalla terminó con un resultado indeciso después de un baño de sangre. La caballería polaca de Soult había destruido toda una brigada británica. Los españoles habían repelido uno de los mayores ataques de infantería de la guerra causando graves pérdidas a los franceses. Los franceses admitieron bajas cifradas en 6.000 hombres, aunque probablemente estarían entre los 7.000 y 8.000. Los británicos perdieron 4.100, los portugueses 400 y los españoles 1.400 hombres. Ambos bandos se atribuyeron la victoria.

Beresford ganó la batalla pero su desarrollo táctico se considera tan lamentable que se dice que fue el responsable del gran número de víctimas, si bien la victoria es imputable a los demás mandos que integraban el ejército aliado. Los generales españoles desempeñaron un buen papel, especialmente Zayas, a quien les cabe gran parte del mérito en la victoria.
[editar] Consecuencias

El resultado de la batalla tuvo poco efecto en el curso general de la guerra. Generalmente se acepta que se trató de una costosa victoria táctica aliada de la que no se pudo o se supo sacar partido a nivel estratégico.

Beresford no supo explotar el éxito y no volvió a sitiar la ciudad de Badajoz, ocupada por tropas francesas. Se ciñó a mantener a distancia el bloqueo de la ciudad. Soult tampoco pudo cumplir su propósito de socorrer a la guarnición francesa de Badajoz. Permaneció en sus posiciones al día siguiente, sin que ninguno de los ejércitos que se observaban, se atreviera a reanudar la lucha, quizá por el mutuo quebranto sufrido.

El 18 de mayo, el mariscal Soult inició la vuelta hacia Andalucía, de donde había partido, sin ser estorbado. Llevaba la protección muy eficaz de su caballería. La caballería española, mandada por Penne-Villemur, hostigaba su retaguardia pero poco más hizo que capturar a algunos rezagados. El mariscal Soult se quedó en Llerena y el resto del ejército en Villagarcía y Usagre.

El asedio de Badajoz, por parte de las tropas de Beresford, se tuvo que abandonar posteriormente cuando las fuerzas del mariscal Marmont se unieron a las de Soult.

Tuvieron que pasar diez meses de la batalla de La Albuera para que, el 16 de marzo de 1812, tropas anglo-portuguesas al mando de Wellington se presentaran ante las puertas de Badajoz, que tomaron al asalto en la noche del 6 al 7 de abril de 1812 en la Batalla de Badajoz.

lunes, 9 de mayo de 2011

Las Cortes de León de 1188. Primer Parlamento en Europa.

León, 1188 - En la curia regia de León se incorporan elementos procedentes del estamento popular, exclusivamente ciudadano. Con esta medida nacen las llamadas, por primera vez en Europa, Cortes. Fueron las famosas Cortes Democráticas de 1188, reunidas en el Claustro de San Isidoro de León. En estas Cortes, además de ampliar los Fueros de Alfonso V del año 1020, se promulgaron nuevas leyes destinadas a proteger a los ciudadanos y a sus bienes contra los abusos y arbitrariedades del poder de los nobles, del clero y del propio Rey. Este importante conjunto de decretos ha sido calificado con el nombre de "Carta Magna Leonesa". Fue el inicio de un nuevo marco político por el que se regirían los otros países de Europa. Alemania aplicó el ejemplo leonés en 1232; Inglaterra en 1265; Francia en 1302; en España, en los distintos reinos peninsulares, Cataluña en 1218; Castilla en 1250; Aragón en 1274; Valencia en 1283; Navarra en 1300. La curia regia conserva sus funciones consultivas, que sólo ampliará más adelante, y en ellas el elemento popular está claramente diferenciado.

Las cortes están constituidas por tres estamentos (clero, nobleza, representantes de las ciudades) y aparecen como un diálogo entre el rey y la curia, por un lado, y los representantes de las ciudades y villas por otro, sin oposición a que cada estamento se consolide por separado. La incorporación de elementos populares responde sólo a necesidades económicas. Frenada la Reconquista, la corona precisa de mayores ingresos, y a fin de obtenerlos crea nuevos impuestos, lo que produce un alza de precios. Por ello, la clase ciudadana quiere obtener alguna contrapartida y regular el gasto regio.

martes, 3 de mayo de 2011

La Batalla de Jodoigne



La batalla de Jodoigne se libró el 16 de octubre de 1568 entre el ejército reclutado por Guillermo de Orange y las tropas españolas de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, en el marco de la Guerra de los Ochenta Años.

El 5 de octubre el ejército de mercenarios reclutado por Guillermo de Orange para liberar a los Países Bajos inicia su invasión por el sudeste de Bélgica. Guillermo pretende entrar en batalla rápidamente contra las fuerzas españolas, pero el duque de Alba no quiere arriesgarse a una derrota, ya que sabe que difícilmente podrá sustituir las bajas. Aunque se producen escaramuzas todos los días, la estrategia del duque de Alba es dejar pasar los días, puesto que conoce las dificultades económicas por las que pasa Guillermo y sabe que no podrá mantener al ejército por mucho tiempo. Al poco empiezan a producirse motines en las tropas de Guillermo y sólo entonces el duque está dispuesto a presentar batalla. Guillermo se dirige hacia Francia para unirse con las tropas que los hugonotes franceses le envían de refuerzo.

La batalla, que no pasó de una escaramuza de grandes proporciones, se produjo al llegar al río Geete. Guillermo deja una fuerza de 5.000 arcabuceros al mando del conde de Hoogstraaten, con el fin de proteger al ejército mientras cruzan el río. El duque envía a su hijo al frente de la caballería y de 4.000 arcabuceros, que se lanzan contra la colina que ocupa la retaguardia enemiga y los derrotan. A la petición de un oficial del ejército español para cruzar el río y lanzarse contra el ejército de Guillermo, el duque responde que es a los soldados a quienes corresponde querer cruzar y combatir para distinguirse, no a su comandante.

Al día siguiente, tras haber perdido a la mayoría de sus arcabuceros y sin dinero para pagar a sus soldados, Guillermo entra en Francia con su ejército, donde se disuelve, finalizando su intento de invasión.

Francisco Suárez



Francisco Suárez, conocido como Doctor Eximius (Granada, 5 de enero de 1548; † Lisboa, 25 de septiembre de 1617), teólogo, filósofo y jurista español.
De una gran cultura y erudición griega, latina, árabe y judía, pudo asimilarla toda, ordenarla, simplificarla y eliminar de ella todo verbalismo ocioso. Fue llamado "Doctor eximius et pius" y gozó de enorme autoridad, revitalizando la ya decaída escolástica, que compendió con genio en su obra principal, sus Disputationes metaphysicae (1597), obra en la que repiensa toda la tradición especulativa anterior, sintetizando además la metafísica grecorromana como una disciplina autónoma e independiente, de forma que puede considerarse este libro la primera construcción sistemática de la metafísica después de Aristóteles. Por ello ejerció una influencia considerable en el pensamiento posterior como el más moderno de los escolásticos.
En su gran obra jurídica De legibus ac Deo legislatore, muy fecunda para la doctrina iusnaturalista y el derecho internacional, se encuentra ya la idea del pacto social, y realiza un análisis mucho más avanzado que sus precursores del concepto de soberanía: el poder es dado por Dios a toda la comunidad política y no solamente a tal o cual persona, con lo que esboza el principio de la democracia contra cesaristas, legistas, maquiavelistas y luteranistas. Distingue entre ley eterna, ley natural, derecho de gentes, ley positiva humana (derecho civil y derecho canónico) y ley positiva divina (la del Antiguo y Nuevo Testamento). También escribió De anima, De Deo uno et trino, Defensio fidei contra Anglicanae sectae errores. En la escolástica, fundó una escuela que tomó su nombre, el Suarismo, muy independiente del tomismo.