Hay que recordar lo que fuimos para saber lo que somos

Por desgracia la Historia de nuestro país poco importa a los políticos de turno. Si permitimos esto, terminaremos sin saber qué fue España y dejaremos que el devenir de los sucesos actuales borre nuestra memoria.
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sábado, 18 de junio de 2011

Álvaro de Luna



Álvaro de Luna (Cañete, Cuenca, c. 1390 - Valladolid, 2 de junio de 1453) fue un noble castellano de la familia de Luna. Condestable de Castilla, Gran Maestre de Santiago, y valido del rey Juan II de Castilla. Está enterrado en la capilla de Santiago, en la girola de la catedral de Toledo.
Era hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, un noble castellano y de María Fernández de Jarana (La Cañeta). Fue introducido en la corte como paje por su tío Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, en 1410. Álvaro aseguró pronto una gran ascendencia sobre Juan II, entonces un niño. Durante la regencia del tío del rey, Fernando, que terminó en 1412, no pudo ascender más allá del puesto de sirviente. Cuando, sin embargo, Fernando fue elegido rey de Aragón, tras el Compromiso de Caspe, la regencia quedó en manos de la madre del rey, Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, nieta de Pedro el Cruel, una mujer alocada y disoluta.

Álvaro supo maniobrar para convertirse en una persona muy importante en la corte y para que el joven rey le tuviera en una alta consideración (que la superstición de la época atribuyó a un hechizo). No obstante, dados los ambiciosos e inescrupulosos nobles que le rodeaban, entre ellos sus primos, los Infantes de Aragón, don Juan II de Navarra y don Enrique de Aragón hermanos de Alfonso V de Aragón, es bastante comprensible que depositara su confianza en un favorito que tenía todas las razones del mundo para permanecer fiel al rey. Álvaro era también un maestro en todos los talentos que el rey admiraba: era un aceptable caballero, un habilidoso lancero, buen poeta y elegante prosista.
A partir de su huida nocturna junto al rey desde Talavera de la Reina al castillo de Montalbán, en noviembre de 1420, cuando tras el golpe de Tordesillas había quedado aquél poco menos que preso de su primo Enrique de Aragón y hasta la pérdida de la confianza del rey, Álvaro de Luna fue la figura central de la Castilla de su época. Era un periodo de conflicto constante provocado por tornadizas coaliciones de nobles que, bajo el pretexto de liberar al rey de la perniciosa influencia de su favorito, realmente trataban de convertirle en una marioneta que sirviera a sus propios intereses. Frente a los infantes de Aragón y la gran nobleza terrateniente, Álvaro de Luna forjó una alianza con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos (Don Abraham Benveniste), que se oponían a la oligarquía nobiliaria castellana y a los Infantes de Aragón, que defendían los tradicionales intereses políticos y económicos de su familia en Castilla.

La historia de Álvaro de Luna es una constante de expulsiones de la corte por parte de facciones victoriosas, y su retorno cuando la facción vencedora se disgregaba. De hecho, en uno de sus momentos de gloria, en 1423, logró que el rey abriera un proceso amañado al Condestable Ruy López Dávalos aprovechándose de su huida a Aragón por su apoyo a Enrique, para apropiarse de su patrimonio y títulos. Por el contrario, también fue, a su vez, solemnemente expulsado y desterrado a Ayllón en 1427 por los Infantes de Aragón y una coalición de nobles descontentos con su favoritismo; sólo para hacerle volver a la Corte un año después. Álvaro de Luna culminó de forma victoriosa una larga guerra con Aragón, iniciada en el verano de 1429, expulsando a los infantes aragoneses de Castilla.

En 1431, se esforzó en emplear a los inquietos nobles en una guerra para reconquistar Granada. Aunque hubo algunos éxitos (batalla de La Higueruela), era imposible una política consistente dado el carácter levantisco de los nobles y la indolencia del propio rey. Se dice, según unos, que no conquistó Granada por el terremoto de Atarfe, según otros porque fue sobornado por los moros para que no conquistara la ciudad, entregándole un carro repleto de higos, cada uno de los cuales ocultaba una moneda de oro.

En mayo de 1445, la facción de los nobles aliada con los principales enemigos de don Álvaro, los Infantes de Aragón, fue derrotada en la Primera Batalla de Olmedo. Allí fue malherido en una mano -de cuya infección falleció al poco- el Infante Don Enrique de Aragón, y el favorito Don Álvaro, que había sido nombrado Condestable de Castilla y Conde de Santiesteban en 1423, le sucedió en su título de Gran Maestre de la Orden de Santiago. En ese momento, su poder parecía incontestable. Sin embargo, se basaba en el afecto que le dispensaba el rey. Eso cambió cuando la segunda esposa del rey, Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica, temerosa del inmenso poder del condestable, conocedora de sus intrigas, abusos y ciertos asesinatos dispuestos por él, urgió con insistencia a su marido a prescindir del favorito. En 1453, el rey Juan II cedió. Don Álvaro fue arrestado en el Castillo de Portillo, juzgado y condenado en un manido juicio que no fue más que una parodia de la justicia. Fue decapitado1 en cadalso público en la plaza Mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453.
Poco después, la gente de Valladolid y alguno nobles llevaron su cuerpo a enterrar al convento de San Francisco, donde él había dejado dicho a los religiosos la noche anterior a su muerte que así lo hicieran. Más tarde, al cuidado casi reverente del que había sido su fiel servidor, Gonzalo Chacón, fueron trasladados a la ciudad de Toledo, donde recibieron tierra definitivamente en la suntuosa capilla de la catedral, llamada de Santiago, construida a sus expensas, donde yacía enterrado su hermano el arzobispo don Juan de Cerezuela, y reposarían después los restos de su mujer, doña Juana Pimentel, y otros miembros de su familia.
Contrajo un primer matrimonio en 1420 con Elvira de Portocarrero, hija de Martín Fernández Portocarrero, Señor de Moguer y III Señor de Villanueva del Fresno y de Leonor Cabeza de Vaca, no habiendo sucesión de este matrimonio.

Estando casado con Elvira, tuvo una hija fuera de matrimonio con Catalina:

María de Luna, señora de Cornago. El 6 de agosto de 1436, el rey Juan II de Castilla despachó una cédula de legitimación a favor de María de Luna, hija del Condestable y Catalina. Casó con un pariente, Juan de Luna, sobrino de su su padre.

Después de enviudar de Elvira de Portocarrero, tuvo un hijo natural en Margarita Manuel, viuda de Diego García de Toledo Barroso, e hija de Enrique Manuel de Villena y Beatriz de Sousa:

Pedro de Luna, señor de Fuendidueña, casado con Mencía de Ayala.

Contrajo un segundo matrimonio en 1430 en Calabazanos con Juana Pimentel, «la triste condesa», condesa de Montalbán hija de Alfonso Pimentel Enríquez, III Conde de Benavente, y María de Quiñones. Juana testó el 30 de mayo de 1485. De este matrimonio nacieron:

Juan de Luna y Pimentel (1435 - 1456). En 1440 su padre fundó un mayorazgo a favor su favor del condado de San Esteban de Gormaz y de Alcozar.
María de Luna y Pimentel, nacida en 1432 y fallecida el 11 de enero de 1497. Casó alrededor de 1459 con Íñigo López de Mendoza y Luna, II duque del Infantado. Sucedió a su hermano después de su temprana muerte.

jueves, 16 de junio de 2011

Alonso Enríquez, almirante de Castilla




Alonso Enríquez (Guadalcanal, 1354 - Guadalupe, Cáceres, 1429),miembro del importante linaje de los Enríquez, fue el primer almirante de Castilla de su linaje desde 1405 y primer señor de Medina de Rioseco.
Hijo bastardo del infante Fadrique Alfonso de Castilla, permaneció oculto mientras vivía su tío Pedro I de Castilla. Aunque los cronistas coetáneos castellanos envolvieron la figura de su madre en misterio y genealogistas posteriores no la mencionaron, otros autores, por ejemplo, el portugués Fernán López escribió en 1384 que el Almirante fue hijo de una judía. El «Memorial de cosas antiguas» atribuido al deán de Toledo, Diego de Castilla, dice que Fadrique tuvo Alonso en una judía de Guadalcanal llamada Paloma. Cuenta una anécdota donde el rey Fernando el Católico estaba de caza y fue un halcón con una garza y, tanto se alejó, que el Rey la dejó de seguir, y Martín de Rojas, fue siempre con el halcón hasta que vio desamparar la garza y tirar tras una paloma. Preguntando el rey por su halcón, Martín le respondió, «Señor, allá va tras nuestra abuela», siendo Martín también descendiente de Paloma.
En 1389 recibe de Juan I la villa de Aguilar de Campos, que constituye el primer paso en la construcción de un sólido patrimonio personal. Hacia 1402 desempeña el cargo de adelantado mayor del reino de León y la alcaldía del castillo de Medina de Rioseco.

Hacia 1395 retomó junto a su mujer la construcción del Monasterio de Santa Clara de Palencia, que había sido comenzado por Enrique II de Castilla y su mujer la reina Juana Manuel, proyectando la iglesia como panteón de los Almirantes de Castilla.2

En 1405 Alonso Enrique recibió de Enrique III el título de Almirante Mayor de Castilla. Se conjetura que debió haber sido a instancias de su mujer, la cual, al fallecer su hermano, Diego Hurtado de Mendoza, quien ostentó el título de Almirante de Castilla, consiguió que el título pasase a su marido. El cargo, transmitido así a la rama femenina de los Mendoza, además de la acción militar en el mar, conllevaba jurisdicción civil y criminal sobre todos los puertos del reino de Granada, y que culminan a los tres años con la toma de Antequera.

En 1421, Juan II, le otorgó el señorío de Medina de Rioseco «por los muchos e buenos e leales e notables e señalados servicios que fecisteis al Rey Don Juan mi abuelo e al Rey Don Henrique mi padre e mi señor, e abedes fecho e fazes a mi», lugar que él elige para establecerse y fundar mayorazgo a favor de sus hijos.

Fue enterrado junto a su mujer en el Monasterio de Santa Clara de Palencia, del cual habían sido fundadores.
En la capilla del Santísimo Cristo de la Iglesia de Santa Clara de Palencia se venera un Cristo yacente introducido en una urna de cristal. Se dice que navegando las naves de Alonso en la guerra contra los moros entre los años 1407 a 1410, un vigía divisó algo que emitía un resplandor extraño. Al acercarse para abordarlo comprobaron que se trataba de una urna de cristal que albergaba la imagen de un Cristo yacente.2 Sorprendido Alonso por el hallazgo en semejante lugar, decidió trasladarlo a Palenzuela. Siendo transportada a lomos de un animal, escoltada por soldados y caballeros, al llegar a Reinoso de Cerrato este decidió detenerse tozudamente frente al castillo donde habían residido las monjas Clarisas. Dejado el animal a su aire se dirigió hacia el monasterio de las Clarisas, decidiendo los presentes que era por decisión divina, por lo que dejaron la imagen allí para su veneración, actualmente conocido como el Cristo de las Claras.
En 1387, Alonso Enríquez, haciéndose pasar por un criado suyo, preguntó a Juana de Mendoza viuda desde la Batalla de Aljubarrota de agosto de 1385, si estaría dispuesta a casarse con su señor (él mismo). El simulador Alonso recibió de ella la contestación de que Alonso Enríquez era el hijo de una «marrana» (de familia judeoconversa), con lo que el supuesto criado la abofeteó. Aclarado el engaño, se dice que solicitó la presencia de un sacerdote, para que los casara «pues no se dijese que hombre alguno había puesto la mano en ella no siendo su marido».

Se dice también que en una ocasión llegando de noche avanzada, tuvo que dormir con todo su séquito en el campo para recibir la explicación al día siguiente, de la altiva Mendoza, de que «una castellana digna no abre las puertas de su castillo a nadie en la noche».
Tuvieron trece hijos:

Fadrique Enríquez (primogénito, circa 1388) casado con Mariana Fernández de Córdoba y Ayala.
Enrique Enríquez de Mendoza (m. circa 1489) progenitor de los Enríquez de Toledo y los Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste título desde el 8 de agosto de 1451 por Juan II de Castilla.
Pedro Enríquez quien falleció siendo niño y no debe confundirse con Pedro Enríquez de Quiñones, hijo de su hermano Fadrique Enríquez (del que descienden los Enríquez de Ribera, y marqueses de Tarifa desde 1514).
Beatriz Enríquez casada con Pedro (Martín Fernández) de Portocarrero y Cabeza de Vaca, V Señor de Moguer, hijo de Martín Fernández Portocarrero, IV Señor de Moguer, y de Leonor Cabeza de Vaca. Enterrados en sarcófagos de mármol en el Convento de estilo mudéjar de Clarisas de Moguer. Fallecida el 3 febrero 1439.
Leonor Enríquez casada en 1410 con Rodrigo Alonso Pimentel, II Conde de Benavente. Enfrentado a Enrique IV de Castilla y uno de los protagonistas de la llamada " Farsa de Ávila", de befa y escarnio en 1465 al rey Enrique IV de Castilla. Familia de origen portugués.
Aldonza Enríquez quien contrajo matrimonio en 1410 con Rodrigo Álvarez Osorio.
Isabel Enríquez (fallecida en 1469) casada con Juan Ramírez de Arellano (muerto en 1469), III Señor de Cameros. Padres de, entre otros, Alonso Ramírez de Arellano y Enríquez, IV Señor de Cameros, (muerto 1495) I Conde de Aguilar de Inestrillas, título concedido por los Reyes Católicos el 19 de septiembre de 1475.
Inés Enríquez quien casó con Juan Hurtado de Mendoza, señor de Almazán.
Blanca Enríquez casada con Pedro Núñez de Herrera, señor de Herrera y segundo señor de Pedraza. Una de las hijas de este matrimonio, Elvira de Herrera y Enríquez, casó con Pedro Fernández de Córdoba, V señor de Aguilar, siendo padres, entre otros, de Gonzalo Fernández de Córdoba, «el Gran Capitán».
Constanza Enríquez casada con Juan de Tovar, señor de Berlanga.
María Enríquez (muerta en 1441), casada con Juan de Rojas y Manrique, V Señor de Monzón de Campos y de Cabia en 1431, alcalde mayor de los hijosdalgos de Castilla y doncel del rey, quien tomó parte en la Batalla de La Higueruela en La Vega de Granada junto a Juan II de Castilla y el Condestable Álvaro de Luna.
Mencía Enríquez (fallecida en 1480), quien casó en 1430 con Juan Fernández Manrique de Lara, fallecido en 1493, II Conde de Castañeda desde 1436; título concedido por Juan II de Castilla en 1430 a su padre Garci Fernández Manrique de Lara.
Rodrigo Enríquez, a quien su madre en su testamento de 1431 deja unos bienes, llamándole «mi hijo, el arcediano Rodrigo Enríquez».

Fuera de matrimonio tuvo a Juan Enríquez, a quien su padre, antes de ir a Sevilla, lo dejó como capitán general de la flota ya que era un «esforzado y buen caballero».

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Batalla de la Higueruela. 1 de julio de 1431.




La Historia bien pudo adelantarse bastantes años y que la toma de Granada fuera mucho antes de que lo hicieran los Reyes Católicos...

Juan II de Castilla contra Granada
En 1410 el rey castellano conquistó la ciudad de Antequera. Tan solo resta conquistar el reino de Granada para completar la expulsión de los musulmanes de la península. Pero el rey Juan II, enfrascado en luchas civiles y dinásticas, no prosigue el impulso reconquistador. No obstante, en 1431 hubo un momento propicio para el ataque contra el reino nazarí. Juan II, que contaba con 25 años de edad, acababa de hacer las paces con los Infantes de Aragón y puso sus ojos en Granada.
El ejército castellano, al mando del rey Juan II, estaba compuesto por las tropas reales, mesnadas nobiliarias, las tropas de los caballeros de Santiago y 3.000 lanzas de Don Álvaro de Luna. Penetraron desde Córdoba y establecieron el campamento en las inmediaciones de Sierra Elvira, situada a unos 10 kilómetros de Granada. El rey dividió su ejército en tres columnas: una se internó en la Vega de Granada, otra se dirigió hacia la Serranía de Ronda y la tercera lo hizo hacia la zona de Montefrío.
Ante el ejército castellano apostado en Sierra Elvira se desplegaron los musulmanes. Su ejército estaba formado por los caballeros granadinos, adiestrados en justas y tácticas ecuestres, y tribus enteras desplegadas en guerrilla por el campo de batalla armadas con lanzas y flechas que habían acudido a la batalla desde las Alpujarras conducidos por sus alfaques.
El 1 de julio se dio el sangriento encuentro. La batalla se conoce por el nombre de "La Higueruela" porque lo único que quedó vivo en el campo de batalla despues del feroz combate fue una solitaria higuera.
Desplegado el ejército castellano, Don Juan II montó a caballo a la puerta de su tienda, cabalgó con una gran comitiva de grandes y capitanes y dió al grueso del ejército la señal de ataque. Juan Álvarez Delgadillo desplegó la bandera de Castilla. La primera línea musulmana, formada por aquella muchedumbre de rostros denegridos, trajes humildes, armas groseras y modales de rústica fiereza fue arrollada en el primer empuje castellano. Chocaron por fin con los caballeros de Granada y comenzó una fiera lucha cuerpo a cuerpo entre jinetes y caballos. Ninguno de ambos bandos cejaba en la pelea. En un momento dado el Condestable de Castilla enardeció a sus caballeros con voces de "¡Santiago! ¡Santiago!". Los granadinos comenzaron a flaquear y pretendieron replegarse en orden, pero no pudieron resistir el empuje de la caballería castellana y huyeron a la desbandada.
En la batalla pereció la flor y nata de la caballería y nobleza granadina. Según fuentes árabes "nunca el Reino de Granada padeció más notable pérdida que en esta batalla". Autores cristianos cifran en 30.000 los muertos granadinos, lo cual es sin duda una exageración pero que expresa muy bien la magnitud de la batalla y la gran mortandad ocasionada en el ejército musulmán.
Juan II no supo explotar el éxito conseguido. Algunos nobles, celosos del protagonismo alcanzado en el combate por el Condestable de Castilla, aconsejaron al rey que se replegara hacia Córdoba, cosa que hizo el rey pretextando la escasez de sus provisiones. Se contentó con imponer al Granada un nuevo rey, del que recibió su homenaje, y nuevos tributos.

domingo, 4 de julio de 2010

Fernando Sánchez de Tovar. Almirante de Castilla.


El Tratado de Toledo de 20 de noviembre de 1368, que Enrique de Trastámara había firmado con Carlos V de Francia, decía que Enrique estaba comprometido con Carlos a prestarle ayuda militar naval en su pugna con Inglaterra (Guerra de los Cien Años). El francés reanudó las hostilidades con los anglosajones en 1369 y solicitó entonces colaboración del castellano, que se hizo efectiva y dio sus frutos en victorias como la de La Rochela (1372). A esto se añadía que el duque de Lancaster tenía pretensiones al trono castellano desde 1371.
En 1374 Enrique II nombró a Sánchez de Tovar Almirante Mayor, reemplazando así al fallecido genovés Ambrosio Bocanegra. Precisamente como marino Tovar demostrará su mayor destreza en la carrera militar. Ese mismo año se le ordena dirigirse hacia Inglaterra al frente de 15 galeras. A éstas se sumarán cinco más de Portugal, que, según el Tratado de Santarem (1373) firmado con Castilla, estaba obligado a aportar media decena de este tipo de embarcaciones (armadas) en las confrontaciones anglo-castellanas de la Guerra de los Cien Años. A la escuadra ibérica se unieron más tarde unas pocas naves más al mando del almirante francés Jean de Vienne, y la flota combinada realizó varias acciones de castigo sistemáticas contra la costa inglesa. Una de ellas fue un arriesgado asalto, y posterior saqueo, de la Isla de Wight (1374). Esto, junto con la destrucción de navíos enemigos en el Canal de La Mancha, también ayudaba a proteger la ruta comercial entre Castilla y Flandes.
En junio de 1375, la Tregua de Brujas puso paz entre todos los contendientes, pero en la práctica se quebró por la temprana y reiterada intervención de corsarios, primero ingleses y después de sus rivales. En 1377, ya abiertas oficialmente las hostilidades, el rey Trastámara tomó la iniciativa enviando de nuevo a las costas británicas a Sánchez de Tovar, quien junto a Vienne formó una potente flota de hasta unas 50 galeras con 5.000 hombres a bordo preparados para desembarcar. Propósito que llevaron a cabo atacando e incendiando las poblaciones litorales de Rye, Rotingdean, Lewes, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth y Plymouth. Un mes más tarde hicieron lo mismo con Southampton, Hastings, Poole y de nuevo Wight, que quedó completamente arrasada.
En 1379 Juan I sucedió en el trono de Castilla a su recién muerto padre Enrique, mientras continuaba la guerra. En agosto de ese año, Sánchez de Tovar conquista con ocho galeras el castillo de La Roche-Guyon, capturando al mismo tiempo cuatro naos inglesas que portaban un buen número de tropas para la campaña del continente. Un año después, en 1380, zarpa de Sevilla al mando de veinte galeras (diez de ellas pagadas por el rey de Francia), con orden de reunirse, una vez más, con su homólogo galo, cosa que hizo a principios de julio en La Rochelle. La campaña comenzó con un victorioso enfrentamiento de los aliados en Winchelsea contra las tropas del abad de Battle, a las que hicieron huir, tras lo cual se retiraron hacia el puerto de Harfleur. Después de aprovisionar convenientemente barcos y tripulaciones, los dos almirantes ejecutaron la operación más ambiciosa de sus carreras: Partiendo a finales de agosto de Harfleur, se dirigieron a la desembocadura del Támesis, remontando a continuación el río hasta llegar a las proximidades de Londres, concretamente a la villa de Gravesend, la cual incendiaron, al igual que otras pequeñas aldeas costeras cercanas. La Crónica de D. Juan I da cuenta del inusual hecho con estas palabras:
Ficieron gran guerra este año por la mar, e entraron por el río Artemisa [Támesis] fasta cerca de la cibdad de Londres, a do galeas de enemigos nunca entraron